

La infancia es un tiempo breve y único. Es el momento de aprender a vivir al ritmo de la vida real, de mirar a los ojos, de disfrutar las pausas. No hay por qué apurar etapas: tendrán toda la vida para estar conectados. Porque una vez que el mundo digital se abre, ya no se cierra.
Esperar es darles la oportunidad de vivir plenamente esta etapa irrepetible y necesaria antes de pasar a la siguiente. Lo vemos una y otra vez: cuando el acceso a las pantallas llega demasiado pronto, aparecen frases como “no sé qué hacer” o “me aburro”. De pronto, todo lo que no sea un dispositivo parece perder valor. El juego libre, la imaginación y la curiosidad se apagan, como si nada pudiera competir con ese estímulo constante.
Por eso, esperar no es solo postergar un dispositivo: es
proteger su conexión con el mundo real.



